El poder de las víctimas: ¿La sola declaración permite condenar al agresor sexual?

Cómo se evalúa la declaración de la víctima de una agresión sexual y la posibilidad de que permita sustentar la responsabilidad de un acusado es un debate importante que debe ser abordado. Por ello, Nino y Lucía explican cómo es el proceso de valoración de la declaración de la víctima y cuando es que puede fundamentar una condena.

Por: Nino


“La palabra de la mujer no vale nada” y “basta con la denuncia de la mujer para condenar a un hombre” son dos argumentos que suele traerse a colación en diversos debates sobre violencia sexual y el valor incriminatorio que tiene la versión de la mujer para procesar estos delitos.

El problema lo podemos encontrar cuando los extremos radicales del feminismo y del movimiento por los derechos de los hombres (MDH) realizan exigencias que son completamente imprácticas en el plano aplicado.

Por un lado, un sector feminista considera que debería bastar única y exclusivamente la declaración de la víctima para condenar a una persona sindicada como autor de un delito sexual. Lo hacen en un intento por ayudar a las víctimas a denunciar, pero que no lo hacen por no tener pruebas; por lo que sufren solas. Esto las lleva a tener que creer siempre, sin mayor prueba, a una mujer que ha denunciado haber sido víctima, y lo hacen aún mucho antes de que esta haya realizado una denuncia formal, bastando en varios casos únicamente una denuncia por redes sociales.


«Basta únicamente imaginarse que las violaciones sexuales tienden a ser realizados en cuartos cerrados donde están presentes únicamente el victimario y la víctima.»


Obviamente esto pone en peligro la presunción de inocencia de cualquier acusado, punto que es cuestionado por los grupos MDH, quienes sostienen que deben aumentar las exigencias probatorias al punto de existir prueba plena y directa, por lo que la sola sindicación de la víctima no puede ser suficiente para fundamentar la condena.

Asumir cualquiera de estas dos posturas implicaría la vulneración de principios de justicia importantísimos como la presunción de inocencia y el de tutela jurisdiccional. Pero, entonces, ¿Cuál debería ser la respuesta correcta? Esta respuesta ha sido tratada por la jurisprudencia.

¿Cómo se valora la declaración de la víctima?

Antes de analizar cualquier aspecto, debemos tener en cuenta que los delitos sexuales tienen la particularidad que tienden a ser clandestinos, por lo que es poco probable que puedan existir testigos o se corroboren con pruebas directa. Basta únicamente imaginarse que las violaciones sexuales tienden a ser realizados en cuartos cerrados donde están presentes únicamente el victimario y la víctima. Por ello, la principal fuente de prueba es la víctima. Exigir testigos para casos de violencia sexual es un pedido poco realista.

Es por este motivo que la declaración de la víctima es un elemento trascendental para lograr la condena de una persona acusada de un delito sexual.


«No se exige que haya una prueba directa o que este probado toda la declaración, sino diversos aspectos que permitan concluir la realidad de la declaración.»


Lo primero que hay que tomar en consideración es que la sindicación de la víctima sí puede enervar la presunción de inocencia de un investigado. Pero para hacerlo necesita cumplir una serie de requisitos adicionales, los cuales son han sido desarrollados por la Corte Suprema del Perú en el Acuerdo Plenario N° 2-2005, de las Salas Penales Supremas.

El primer requisito es la ausencia de incredibilidad subjetiva, el cual implica que es necesario corroborar que el agraviado no tiene razones fundadas para querer perjudicar al denunciado. Tales razones pueden ser que exista una relación de odio, enemistad o animadversión que puedan condicionar la imparcialidad del denunciante. Por ejemplo, que la presunta víctima haya mostrado despecho en una relación con el acusado.

El segundo requisito que debe cumplirse es el de verosimilitud, que exige que la versión brindada por la víctima pueda resultar creíble. Para ello, se evalúan aspectos como la coherencia y solidez de la propia declaración. Es decir, se evalúa si los hechos denunciados pueden haber sucedido efectivamente. Por ejemplo, indicar que la agresión ocurrió en un sitio en el que era imposible estuviera presente la víctima o que el agresor estuvo presente en un lugar cuando se ha comprobado que estuvo en otro.

El tercer requisito es la existencia de corroboraciones periféricas. Es decir, que deben existir algunos elementos de prueba que permitan corroborar alguno de los aspectos de la declaración. En estos casos, no se exige que haya una prueba directa o que este probado toda la declaración, sino diversos aspectos que permitan concluir la realidad de la declaración. Por ejemplo, testigos que, si bien no presenciaron el acto, sí pueden corroborar que el acusado estuvo con la víctima en los momentos próximos a la violación.

Es importantísimo precisar que estos criterios son aplicables para denuncias hechas tanto por hombres como por mujeres.

Entonces, ¿cuál es la conclusión?

La declaración de la víctima sí puede y debe ser un elemento probatorio central para poder condenar a un agresor. No obstante, esto no puede ser absoluto porque ahí sí se afectaría la presunción de inocencia. Por ello, estos criterios no deben ser vistos como obstáculos para lograr justicia, porque sus efectos prácticos demuestran lo contrario: permiten que la sola declaración de la víctima, corroborada con la presencia de otros criterios, podrá ser suficiente para condenar.

Esto demuestra la importancia de que los activistas, tanto de uno como de otro bando, actúen con precaución cuando se enteren de alguna denuncia pública que sólo contenga la declaración de la víctima, ya que hay muchas formas de probar su veracidad o falsedad, siempre y cuando se haga con rigor y objetividad en un juzgado.

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