“Hay que confiar en los hombres… ¿pero no mucho?”

Esta es una reflexión sobre el discurso contradictorio que que tanto feministas y masculinistas esgrimen al enfrentarse.

Por: Lucía


Escribo esto pensando en el caso de Eva Bracamonte. Para quienes no lo conozcan, se trata de una joven peruana que denunció a su exprofesor de teatro por acoso sexual. Según su testimonio, el abuso se dio durante las clases de formación que este le impartía. Fueron varias sesiones en las que, excusándose de tener un método “muy exigente”, habría practicado tocamientos indebidos y violencia física. Ella cuenta que calló ante la mayor parte de estos abusos porque admiraba a su profesor, quien, además, era muy respetado por sus colegas y tenía importantes premios. Cuando finalmente se atrevió a contarlo, luego de algunos meses finalizadas las clases, recibió reacciones tanto de apoyo como de culpabilización. Gente, incluidas muchas mujeres, cuestionó su denuncia aduciendo que ella “aceptó” los métodos de su profesor y que si no se fue a tiempo es o porque es tonta o porque lo que dice es mentira. Y aunque sea cierto que sí, que ella se pudo ir a tiempo porque “nada la retenía”, tampoco creo que es estemos en posición de juzgarla. Doy mi perspectiva utilizando como ejemplo una experiencia propia.

Hace unos años, sufrí uno de los episodios de tocamientos indebidos que más me ha marcado. Bueno, en general todos me marcan, pero este me enseñó muchas cosas sobre mí. Era algo de la 7pm, y estaba caminando a una cuadra del Ovalo de Miraflores, por la Av. Arequipa, rumbo a la Alianza Francesa, donde estudiaba en ese entonces. De pronto siento que un tipo desde atrás me dice “señorita, señorita un ratito..”. Primero lo ignoré, el hecho de que no hiciera expreso en ese momento el motivo por el que me llamaba me hizo desconfiar. El tipo me siguió unos metros mientras yo lo seguía ignorando y él insistía con “señorita, un ratito”. Finalmente, después de tanta insistencia, cedí. El tipo se me acercó, era un tío de unos 50 años, flaco, medio calvo y maltrajeado. Tenía una tabla de anotaciones en la mano y un lapicero. Me dijo “señorita, ¿no quiere trabajar como modelo?”. No respondí, extrañada. “Mire, me parece muy bonita y yo trabajo para una agencia que está aquí nomás en el óvalo, necesitamos una modelo y hacerse sesión de fotos”.

Mido menos de 1.60mt, y en ese tiempo, además, tenía sobrepeso. Estaba vestida de la forma menos glamorosa del mundo, con una chompa beige de hilo grueso de alpaca, de esas que se compran en viaje de promoción en mercados de sourvenirs, suelta, sin forma. Unos jeans viejos y con calzado plano. Tampoco estaba maquillada y mi peinado era una simple cola de caballo. Pero el tipo estaba ahí, diciéndome que yo podía ser modelo. Y la ilusión de parecerle tan bonita como una modelo a alguien me hizo creerle, contra toda la lógica de mi apariencia, le quise creer. Acepté su invitación.


«Mientras caminábamos, me dijo algo que en ese momento me pareció un poco raro, pero no pregunté por qué.»


Mientras caminábamos, me dijo algo que en ese momento me pareció un poco raro, pero no pregunté por qué. Me dijo que íbamos a hablar con su jefe y que él le iba a decir que yo era “una amiguita suya”, como para no decirle la verdad. No entendí la necesidad de ello, por qué decir que simplemente me había abordado por la calle y ya. Llegamos a la galería Caracol, entramos hasta una oficina al fondo donde había sentado un tipo gordo, no vestido precisamente de forma elegante, como se espera de un agente de modelos, pero tenía varias fotos en la pared de chicas bonitas posando. El tipo que me llevó nos presentó, no recuerdo si me dijo su nombre o no, pero como ya me había dicho que le diría, le dijo “aquí te traigo a una amiguita, ella puede ser modelo”. Me senté y el tipo calvo salió de la oficina, y el que tenía al frente empezó a preguntarme qué hacía por la vida. Le dije que estaba planeando viajar a Francia por estudios y me dio la respuesta que (luego me di cuenta) era de lo más insultante: “Por qué te vas? No creas que en Francia todos son rubios, hay bastantes negros y musulmanes, no todos son como te los imaginas. Puedes terminar casada con un africano”.

No me di cuenta en ese momento, de lo racista, acomplejada y menospreciante que era esa respuesta, no solamente porque el tipo crea que los hombres no blancos son una mala elección como esposos sino porque, además, asumía de antemano que mi finalidad de viajar era conseguir marido que me suba la tercermundista autoestima, aun cuando yo ya le había dicho que viajaba por estudios. No recuerdo de qué otras nimiedades hablamos, pero el tipo terminó diciéndome que sí, que yo era bonita y que podía ser modelo y que me iba a llamar. Salí de su oficina y ya me estaba retirando cuando entonces regresó el tipo calvo que me había abordado en la calle y me dijo “señorita, venga para acá”. Cogí mi mochila y lo seguí. Llegamos a un salón medio oscuro, estaba desamoblado y no había nadie. Me dijo que deje mis cosas en el piso, lo cual hice y enseguida se puso en plan “instructor”. Me dijo “mira, para modelar tienes que pararte así y así… y no vayas a pensar que soy medio rarito pero tienes que caminar así, moviendo las caderas y cruzando los pies”.

Su catwalk me hizo reír y hasta me cayó simpático. Entonces me dijo que me pare como me había indicado, intenté hacerlo y de pronto se puso detrás de mí, supuestamente para corregirme la postura y en ese momento sentí el bulto de su pene presionando contra mi trasero… Me sentí humillada, ultrajada. Sólo pude atinar a recoger mis cosas y decirle nerviosamente “no, ya me voy, me tengo que ir”. Salí caminando rápido mientras el tipo me seguía hacia la salida diciendo “señorita.. señorita”.. como si su chamba dependiera de que yo me quede.

Lo dejé atrás y caminé tan rápido como pude hacia la Alianza Francesa. Estaba agitada, avergonzada, con muchas ganas de llorar. Mientras caminaba llamé al chico con el que ese tiempo estaba saliendo, que vivía a pocas cuadras de ahí. Le dije con voz ansiosa dije que necesitaba verlo en la Alianza. Una vez ahí, nos sentamos en el café y llorando le conté todo. Le dije que yo me sentía mal conmigo misma por haber sido cojuda y haberme dejado engañar por el tipo. Ante esta afirmación, él asintió con la cabeza.


«No le pedí que me acompañe a encarar al tipo porque sentí que no tenía el derecho a reclamarle nada. Yo había entrado voluntariamente a esa oficina con él.»


No le pedí que me acompañe a encarar al tipo porque sentí que no tenía el derecho a reclamarle nada. Yo había entrado voluntariamente a esa oficina con él, era yo la que perseguía el sueño de ser modelo y seguramente el tipo habría usado los mismos argumentos para defenderse. Sentía demasiada vergüenza por haber caído en un engaño que apeló a mi ego, a secreta ilusión de que tal vez yo era tan bella como las modelos de revista. Tonta, tonta, tonta. Mi chico no me juzgó, algo que ahora veo, habla muy bien de él. Pero igual me sentí burlada. Pensé que tal vez yo misma me burlaría de otra chica a la que le pase lo mismo, “jaja! Miren, qué tonta, quiso ser modelo y se aprovecharon de ella!”

Nadie me había culpado explícitamente, ni la única persona al que se lo conté, pero aún así la culpa de haber sido tonta me llevó a querer enterrarlo de mi memoria y no contárselo a nadie más.

 

La responsabilidad de consentir

Mi primer “no” cambió por un “sí” ante la insistencia. Lo que significa que consentí acompañar al tipo hasta esa oficina. Si, ceder ante la presión también es consentir y ante ello asumo la completa responsabilidad. En cambio, mi segundo “no” no cambió. Aunque ni siquiera salió la palabra “no” de mi boca, todo mi cuerpo lo dijo: mis pies me llevaron rauda y decididamente afuera y esta vez no cedí ante la insistencia. Decidí irme. Fue mi responsabilidad salvarme.

En el caso de Eva, muchos han dicho que ella pudo parar todo cuando sintió el “peligro”, que ella pudo haber dicho “basta” cuando las cosas la empezaron a incomodar mucho. Que después de que ella reaccionó dándole patadas al tipo que le bajó el calzón de improviso, pudo haberse ido y denunciado, pero prefirió creer en las disculpas del susodicho y en las promesas de que no iba a volver a pasar. Que fue cojuda, que fue tonta. Yo creo que Eva pecó de ingenua al depositar toda su confianza en un director sólo porque lo admiraba y era admirado, se forzó a creer que todo lo que ocurría era “parte del método” y que no había sido la intención de Castrillón hacerla sentir tan mal. Y de la misma manera yo pequé de ingenua en creer que un tipo era honesto cuando me decía que creí que yo podía ser modelo. A pesar de que ambas, en nuestros respectivos casos, sabíamos que había factores que nos advertían sobre la poca fiabilidad en la situación, pusimos por encima nuestros sueños y nos dejamos llevar.

¿Fue su responsabilidad no haber escuchado las advertencias? Yo creo que sí. De la misma manera como fue mi responsabilidad no desconfiar de la propuesta de un desconocido sobre que YO pueda ser modelo, siendo tan OBVIO de que era un disparate. La diferencia viene con el segundo “no” de cada una. El mío fue rotundo y no cambió, el de ella sí. Y luego ella quiso decir muchos más “nos” que se ahogaron. ¿Digo esto para decir que soy mejor que ella? ¿O que tengo más personalidad y soy mejor prevenida? No. Porque hay importantes diferencias entre nuestros casos. En el mío, el acosador no era un “tipo conocido de la escena”, yo ni sabía su nombre, era un X de la ciudad, un extraño a final de cuentas, de quien mi destino no dependía. Me hizo fantasear unos instantes con la posibilidad de ser modelo, pero no volé muy alto y rápidamente caí en la cuenta de que había sido una total bobería.

En cambio, el caso suyo, el supuesto acosador era un hombre muy conocido y respetado y que ella misma admiraba. Un profesional cuya recomendación a colegas podría abrirle muchas puertas en el mundo del espectáculo y alguien de quien aprender mucho del arte. La caída de un ídolo es uno de los hechos que más nos duele aceptar, peor aun cuando los perjudicados somos nosotros. Muy probablemente, en su posición yo habría hecho lo mismo que ella: soportarlo porque se suponía que “él sabe”, y si me sentía mal, sentir vergüenza por sentirme mal, porque tal vez hay algo mal en mí que no me deja expresar lo que sus métodos extremos buscan. Es la peor de las vergüenzas: sentirte mal por el hecho de sentirte mal. El silencio resultante es demasiado pesado.

Una vez más: ¿Eva fue ingenua? ¿Yo fui ingenua? Si, lo fuimos. ¿Pero alguien tiene el derecho a juzgarnos y enrostrárnoslo? No. Porque simplemente todos nacimos ingenuos. ¿Y saben qué? Está bien. Creo que lo más saludable mentalmente en la vida. Porque eso significa que aun tienes confianza en la gente. Dirán algunos que lo reiterado de los tratos vejatorios que atribuye a Castrillón debieron alertar lo suficientemente a Eva para decir “basta”, pero olvidan que, si bien es fácil perder la confianza en un donadie, no es para nada fácil hacerlo con una persona reconocida, admirada, con premios, que todo tu entorno laboral admira. Eva sabe en el fondo que se pudo ir, nadie necesita decírselo, porque es esa sensación de culpabilidad la que no le dejó denunciar los hechos por tanto tiempo. Yo también la he sentido, de ella aprendo, pero no creo que me merezca ser juzgada.

 

Vivir es un acto de fe

Este asunto me hizo reflexionar sobre el tema de la confianza. No podemos vivir desconfiando, no andaríamos tranquilos, no tendríamos paz. En realidad, si tomamos todas las previsiones para que “no nos hagan cholitos”, pues mejor nos ponemos una cara de poto permanente y cargamos un arma sólo por si acaso. Y si eres mujer, nunca más aceptarías quedarse sola con hombres en una casa o en un colectivo. Serías como la púber que nunca en su vida ha cruzado palabra con un varón y sólo conoce de ellos a través de lo que le cuenta su abuela, una pobre anciana que sólo la quiere proteger: que los hombres son malos, que sólo quieren una cosa, nunca te quedes sola con hombres, ellos no pueden ser tus amigos, porque tienen otras intenciones, si te ven desnuda, siempre intentarán tener tu carne, etc.


«¿Sesiones privadas con un director de teatro hombre? ¿Y encima desnuda? ¿Estás pidiendo que te violen?»


Entonces, ¿las mujeres debemos o no debemos confiar? Para mi este es un dilema muy importante que me divide entre el feminismo y el activismo por el derecho de los hombres. Desde el feminismo se pide más libertad para la mujer, que podamos ir solas a un bar de noche sin miedo a que nos violen, que podamos desnudarnos delante de un profesional sin temor a que abuse, porque la razón es, se supone, que los hombres pueden controlarse a sí mismos, porque no son animales que sólo se dejen llevar por sus instintos sexuales.

Fue por eso por lo que en un principio me uní al feminismo, porque apelaba a la humanidad de los hombres, a no estereotiparlos como depredadores sexuales, sino como personas íntegras que pueden ser muy responsable de sus actos porque saben controlarse. De pronto, el mismo feminismo que me parecía tan racional, empezó a lanzar infames analogías entre hombres y M&Ms envenenados o entre hombres y tiburones, insinuando que toparse con uno de los primeros es muchísimo más peligroso que con uno de los segundos (¿?).

Justificaciones modernas para el apartheid

Respecto a estos últimos ejemplos, me pueden decir que algo de verdad hay en esto, y sí, pero manifestada así es engañosa. Yo creo que el planeta entero es un recipiente de miles de millones de M&M’s de los cuales, unas decenas de miles, tal vez, están envenenados. ¿Pero por eso dejamos de salir al mundo todos los días? ¿Dejamos de conocer gente nueva? ¿Andamos con pistolas o cuchillos en el bus, no vaya a ser que nos toque algún psicópata en el asiento de al lado? Obviamente no. La analogía te retaba a cuestionarte si era saludable confiar en los hombres, ya que, aunque “no todos los hombres son malos”, para ellas, la cantidad de hombres que sí lo son (nunca mencionan dicha cantidad), sí justificaría desconfiar de cualquiera de ellos, como quien ni loco probaría un M&M de un bol sabiendo que uno o dos tienen veneno.

Desde la otra esquina, el activismo por los derechos de los hombres, se pide que se deje de estigmatizar al sexo masculino como inherentemente violento y peligroso. Que se dejen de adoptar medidas que pasan por sobre la presunción de inocencia de los varones. Todo esto lo apoyo, pero de pronto también tocan el tema la violación. Más específicamente, lo que una víctima de violación pudo hacer para evitarla. Es entonces cuando culpan al feminismo de hacerle creer a las mujeres que “no se deben cuidar”, que pueden salir solas de noche por lugares oscuros y solitarios sin temor a que las violen.

Para decir esto se basan en el reclamo feminista de no culpar a la víctima cuando nos enteramos de un caso de violación. Las feministas reaccionan muy airadamente a cualquier señalamiento a la responsabilidad de autocuidado de la chica violada. Para ellas, esta es una forma de desviar la atención hacia la víctima y olvidar la responsabilidad del victimario. Yo lo entiendo así, pero ese “triggering” sólo hace que pierdan por completo de vista que objetivamente sí hay una necesidad de autocuidado.


«Las mujeres tenemos un instinto de autocuidado biológico. Esto explica, en parte, por qué hay muchísimos más víctimas masculinas en accidentes que femeninas.»


Los MRA perciben que las feministas están alentando a las mujeres a no cuidarse, lo cual en realidad no es cierto, porque además de impartir talleres de autodefensa feminista, hay algo que ninguna ideología podría tumbar: Las mujeres tenemos un instinto de autocuidado biológico. Esto explica, en parte, por qué hay muchísimos más víctimas masculinas en accidentes que femeninas. Las mujeres no perdemos ese instinto de manera tan fácil, por muy feministas que seamos, podemos pregonar a todo pulmón que podemos salir desnudas a la calle y nadie tiene derecho a tocarnos o a decirnos alguna cochinada. Sin embargo, a la hora de la hora, muy difícilmente nos atreveremos a caminar solas desnudas por la calle, si lo hacemos siempre será dentro de un grupo grande que nos proteja, y con cámaras que graben cualquier potencial agresión. Y siempre con un fin, como una protesta, es decir, que “justifique” el desnudo.

Meme que critica al feminismo

Flyer feminista real

La referida tendencia biológica masculina de tomar mayores riesgos es la que ha hecho que la humanidad avance. Quien no toma riesgos, no gana. La liberación de la mujer, gracias a los avances de las urbes postrevolución industrial, y al movimiento feminista de la segunda ola, ha hecho que las mujeres modernas tendamos confiar cada vez más en nuestro entorno. Ya no nos gusta creer en los consejos de la abuelita que sólo nos quería cuidar. Girls just wanna have fun. Y nuestro lado humanitario sabe que los hombres no se ven a sí mismo como unas bestias que no saben controlar sus instintos sexuales. Queremos confiar, porque queremos vivir en un mundo tranquilo y así poder ir más allá. Las mujeres queremos arriesgar para ganar. Y para ello es muy necesario confiar en los hombres, y lo decimos y los hombres a nuestro lado se alegran, porque ellos tampoco quieren ser vistos como potenciales depredadores sexuales. Pero entonces viene de nuevo la noticia de la violación porque una chica se emborrachó en una discoteca, se alejó de sus amigos y terminó violada. Y vienen los mismos MRA’s que se alegraban de que las mujeres confíen en ellos, a decir que las mujeres no deberían ser tan confiadas. ¿Entonces qué?


«¿Compartiste vivienda con un tipo que no era tu novio? ¿Cómo no querías que te violen?»


¿Entonces está bien o no confiar en los hombres? Porque todas podemos confiar en un amigo hombre, a estas alturas pocas personas cuestionarían eso. ¿Pero confiar en hombres desconocidos? ¿hasta qué punto es razonable confiar y cuando dejar de hacerlo?

Y es que no es necesario pecar de ilusa (mis sueños de modelo) para ponerse a sí misma en situaciones que muchos otros, desde afuera, calificarían como “riesgosa para una mujer”. En nuestra vida diaria, las mujeres que nos movemos solas por la ciudad (que creo que somos todas las que no tenemos un auto con chofer), constantemente compartimos lugar con hombres desconocidos en lugares que podrían ser propicios a que cometan abuso con nosotras. Como ejemplo pondré uno que hace poco me ocurrió.

Tenía que ir al centro de Lima a recoger un encargo y luego tenía que ir volando a un evento. Tomé mis precauciones y había salido con tiempo, por si acaso pasaba cualquier percance. Esperaba el corredor azul, pero el único que pasó estaba repleto y los minutos pasaban y no aparecía otro. Al no saber a qué hora pasaría el siguiente, decidí no jugármelas y tomar un colectivo, de los que aparecían cada tanto segundos. Recalco que en este momento aún tenía tiempo prudente por si pasaba algún otro percance.

Miré el colectivo delante de mí y, por un instinto de autoconservación reforzado por las noticias, miré quiénes estaban dentro. Tres hombres. Decidí confiar. Me subí. Quedé en medio del asiento trasero, detrás de mí se subió otro pasajero, también era hombre. El chofer arrancó. Me di cuenta de la situación: Estaba yo sola, mujer en edad fértil,enun colectivo con cuatro hombres y más específicamente sentada entre dos de ellos.

No estaba ansiosa, pero sí alerta. Decidí enviarle un mensaje de texto a Nino. Le dije, disfrazado con tono de broma, que esta sola con cuatro hombres en un colectivo. Él también me respondió con tono de broma diciendo que ok, que estaba enterado. Debajo de la superficie ligera yo sabía que lo hacía porque si algo me pasaba, quería que él supiera dónde había estado la última vez y cuál era la situación. Le hubiera querido enviar el número de placa, pero no estaba a la vista. Entonces empecé a fijarme en las actitudes de los tipos que me rodeaban, solo para estar segura. Cada uno estaba en lo suyo, no parecían que hubieran confabulado para secuestrarme ni nada por el estilo. Creo que esto bastó para que relaje mis defensas y que confíe que estaba en un lugar seguro (relativamente). Aun así, me quedó un poco de aprehensión por si alguno no se vaya a pasar de vivo y me vaya a tocar la pierna aprovechando la cercanía, pero tampoco pasó. Llegué muy a tiempo a mi destino y todo bien.

¿Pero y en el caso de que algo me hubiera pasado? Ya me imagino los comentarios: “¿Cómo se subió sola a un colectivo con cuatro hombres? ¡Esa tipa estaba pidiendo que la violen! ¿Qué no pudo esperar otro corredor azul, acaso no había más formas de transportarse? Yo creo que esta huevona lo estaba buscando. ¡Pero si ella misma dice que tenía aún tiempo de sobra! ¡No hay excusa para no haberse cuidado más, aun sabiendo que Lima es la quinta ciudad más peligrosa para las mujeres Etc., etc., etc. Yo simplemente quise llegar a tiempo a mi destino y quise confiar en individuos que no conocía, pero que tampoco me habían dado el menor indicio para considerarlos peligrosos (aparte del hecho de ser… hombres).

¿Se dan cuenta lo restringida que estaría el tránsito para las mujeres en la ciudad si de verdad nos cuidáramos como la sociedad espera? ¿De hecho, de lo restringida que estaría nuestra vida en general si nos cuidáramos como la sociedad espera? Esto lo sabe Eva cuando muchos, al enterarse de los hechos, reaccionaron con comentarios como “qué hacía desnuda en la casa de un hombre, ninguna mujer que se respete a sí misma hace esas cosas”.

Y después viene una líder de opinión feminista a recordarnos que los hombres son peligrosos y, de paso, culpar a las víctimas de violaciones por confiar en ellos:

Malena Pichot, referente feminista, culpando a una ficticia víctima de violación.

Entonces, ¿qué queremos? ¿Qué quieren las feministas? ¿Que las mujeres podamos confiar en los hombres? ¡Pero al mismo tiempo los satanizan (y de paso, culpan a las víctimas)! ¿Qué quieren los MRA? ¿Qué confiemos en los hombres? ¡Pero al mismo tiempo culpan a las víctimas (y de paso, satanizan hombres)!

Se lo dejo a vuestra reflexión. Yo creo que es un llamado a que ambas posturas se den cuenta de tienen un fin común, que beneficia a todos por igual. Es más, para mí, el motivo por el que se dude más de la denuncia de violación de una mujer adulta que el de una niña, es el mismo motivo por el que se duda más de la denuncia de violación de un hombre adulto que la de una mujer adulta: Todos esperan que tu edad, tu sexo, o tu actitud ante la vida te hagan más capaz de cuidarte.

En fin, disculpen la extensión de la columna, pero necesitaba mucho reflexionar sobre esta dicotomía entre dos corrientes de pensamiento, en apariencia opuestas, pero de las que yo he aprendido mucho. Quiero que quede claro que no trato de meter aquí al saco a todas las feministas ni a todos los MRA, simplemente rescato actitudes contrapuestas que paradójicamente son comunes en ambos grupos: la búsqueda de la confianza en los hombres y la culpabilización de las víctimas de violación.

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Comentarios

comentarios

5 comentarios sobre ““Hay que confiar en los hombres… ¿pero no mucho?”

  • el 21 noviembre, 2017 a las 11:15 AM
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    Es un tema muy complicado, en el que hay que analizar la globalidad de las relaciones entre hombres y mujeres.
    Antes que nada, la diferencia de enfoque entre los movimientos masculinistas y feministas no se centra en si hay que satanizar o responsabilizar a unos u otros, eso son efectos secundarios según cuál consideres que es el origen del problema. Me explico. Según el feminismo, un violador es un individuo normal dentro de una sociedad enferma (la cultura de la violación). Es decir, que la violación de mujeres es un fenómeno cultural, por lo cual todos los hombres tenemos predisposición a la violación por la educación recibida. Por eso este enfoque demoniza a los hombres. Otro problema es que cualquier cosa que contribuya a mantener esa cultura se considera causa indirecta de las violaciones, de ahí toda la polémica sobre los videojuegos, la pornografía… la sexualización de la mujer en general. El resultado es una caza de brujas (por no mencionar que ningún estudio ha podido correlacionar estas cosas con la violencia sexual)

    Desde el punto de vista masculinista, un violador es un individuo enfermo dentro de una sociedad “normal” que condena la violación y la violencia en general. Así, no se trata de un problema social si no de la existencia de individuos con perfiles psicológicos muy específicos, no son productos de su sociedad sino inadaptados a la misma. Niegan que a la víctima de violación se la culpabilice, y que al violador se le encubra o justifique. Ponen de ejemplo cómo una acusación de violación no probada puede arruinar la reputación de un hombre, y cómo los violadores en las cárceles son los presos más odiados.

    Por otro lado, el concepto de violación se ha ampliado, y se ha mezclado con el de agresión sexual, comportamiento inapropiado, etc. Por cuestiones puramente ideológicas. Los límites se han difuminado tanto que cualquier interacción entre un hombre y una mujer puede interpretarse como sexualmente agresiva. Por ejemplo, recientemente en una encuesta salió que 1 de cada 4 jóvenes adultos consideraba que hacer un cumplido a una mujer con quien no se tiene una relación sentimental es una forma de agresión sexual.

    Y en este sentido hay que tener en cuenta que en el arte de ligar, el hombre es el que suele tomar la iniciativa, la parte activa, mientras que la mujer toma la pasiva. Es un juego en el que el hombre debe ir realizando avances, interpretando si son bien recibidos o no, y en el que la mujer puede decidir ser más explícita y receptiva o más inaccesible. Si un hombre no recibe ninguna señal negativa, avanza de forma cada vez más atrevida, hasta que o bien consigue lo que busca o bien se da de narices con la cruda realidad. Warren Farrel mencionaba incluso que muchas mujeres admitían lanzar negativas premeditadamente solo para que el hombre se esforzase más (hacía referencia a un estudio, pero no recuerdo cual, así que tampoco lo tomes como dato).

    En este contexto, hay una enorme zona gris en la que un hombre puede estar seduciendo correctamente a una mujer, o sometiéndola a una presión agresiva, y no tiene forma de saberlo porque la respuesta puede ser la misma en ambos casos.

    Así que tal vez convendría replantearse la sexualidad masculina y femenina, y la forma en que ambas se relacionan, dejar atrás modelos anticuados y buscar un entendimiento que no demonice el sexo (eso ya lo hizo la iglesia muchos siglos y no sirvió de nada)

    Perdón por la parrafada, un saludo.

    Pd: todos buscamos un equilibrio entre fiarnos de las personas y guardarnos las espaldas, y eso nunca cambiará.

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    • el 22 noviembre, 2017 a las 11:11 PM
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      Gracias por tu comentario Especimen, es muy interesante. Creo que llegamos a la misma conclusión respecto a replantearnos la sexualidad masculina y femenina. Considero que debemos aceptar que ese es el trecho en que somos naturalmente diferentes y necesitamos entender cómo nos desenvolvemos en este juego. Creo que el feminismo ha traído la idea a las mujeres de que nuestra realidad sexual son nuestros anhelos de comportarnos con la misma libertad que los hombres y no solemos aceptar de que seguimos siendo cuidadosas y selectivas. También creo que esa misma liberación sexual ha confundido a muchos hombres que creen que, ya que las mujeres pregonan que somos todos iguales, éstas van a reaccionar de la misma forma receptiva antes los avances sexuales, como ellos mismos lo harían.

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      • el 29 noviembre, 2017 a las 7:20 AM
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        Bueno, por un lado creo que la libertad sexual de los hombres es pura ilusión. Un hombre tiene una cierta presión social para encajar en una sexualidad muy específica, y salirse de ella supone exponerse a ser juzgado por todos. La diferencia es que no se nos impone qué debemos hacer, sino lo que debemos “querer” hacer. Nos metemos en el concepto de “hombría” y derivados, pero eso da para un artículo entero.
        Estoy de acuerdo en que la liberación sexual nos ha confundido a muchos, pero no tanto por lo que esperamos de las mujeres (hablo simplemente de mi experiencia), sino de no saber qué esperan las mujeres de nosotros. Durante la adolescencia todo hombre se devana los sesos tratando de aprender cómo gustarle a las mujeres, y lograrlo es una validación de la masculinidad. Creo que fue Helen Pluckrose quien dijo que el modelo de masculinidad que promueve el feminismo en realidad repele a la mayoría de las mujeres, que en la práctica buscan modelos más tradicionales.
        Tampoco quiero decir que la culpa es de las mujeres, simplemente que hay una interacción entre aprendizaje cultural, relaciones intersexuales e intrasexuales, y biología humana… muy compleja.

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  • el 20 noviembre, 2017 a las 3:51 AM
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    En principio todos los que hemos pasado un mal momento, en su mayoría hemos tenido un pensamiento reflexivo inmediato de que hubiéramos hecho para evitarlo y lo hacemos culpandonos, y nunca faltan personas (un grupo minoritario) que refuerzan ese pensamiento con sus comentarios, ya sea que nos roben, perdamos algo, nos accidentemos, nos agredan o cualquier otra situación desde lo desagradable hasta lo delictivo siempre vamos a tener ese pensamiento.
    Ahora, el ser consciente de que debemos adoptar medidas preventivas para evitar estas malas situaciones no significa ni debe significar exculpar al victimario, el responsable directo debe pagar por lo que hizo; y también hay que saber distinguir las situaciones, si un carro me atropella, no va a ser lo mismo si me atropella mientras estoy caminando en la vereda que si lo hace mientras cruzo Evitamiento por la pista, no por eso voy a vivir en un estado de paranoia constante ni obnubilada indiferencia, lo que vengo observando hace años es que cuando dos grupos opositores radicalizados se enfrentan los puntos medios terminan siendo los correctos pero son los que más les ofenden.
    Resumiendo, de confiar nunca hay que confiar en alguien por completo, ni siquiera en tus propios parientes (a veces son los últimos en quienes confiar), el conocimiento objetivo te puede elevar la autoestima que te permite tomar ser consciente y asumir responsabilidades que terminan siendo la mejor defensa.

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    • el 22 noviembre, 2017 a las 11:17 PM
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      Gracias por tu comentario, Marco. El enfoque que le quería dar al caso era ver hasta qué punto las apariencias de las personas y de las circunstancias justifican que nos relajemos o estemos a la defensiva. Diferenciar el riesgo que enfrentamos en una calle tranquila de un cruce en Evitamiento, es fácil. Pero no es tan fácil verlo cuando tenemos que decidir si debemos confiar en un profesor hombre que nos da clases personalizadas. A mi me parece razonable confiar, porque siempre pienso “no todos los hombres son violadores” y sé que si no confiara, los demás me llamarían “traumada sexual” o “feminazi”. Si confío y algo me pasa, los demás me echarían la culpa por “confiarme de un hombre”. Como digo, no es tan fácil decidirlo cuando se trata de no herir susceptibilidades y enfrentarse a los prejuicios de la gente. Saludos.

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